Muchos propietarios de casas de verano cometen sin darse cuenta un error crucial que favorece la aparición de humedad, moho y malos olores. Al cerrar la vivienda durante periodos prolongados, especialmente en verano, la falta de ventilación adecuada y el hermetismo absoluto del espacio generan el ambiente perfecto para que la humedad se acumule y prospere el moho. Este problema no solo deteriora las superficies y los muebles, sino que también supone un riesgo importante para la salud respiratoria de las personas al favorecer la proliferación de esporas y ácaros.
El contexto veraniego y por qué aumenta la humedad
Durante el verano, el clima cálido hace que el aire tenga una mayor capacidad para retener vapor de agua. Aunque la humedad relativa parezca moderada, el volumen de agua en suspensión es muy elevado respecto a los meses fríos. Al mantener la casa cerrada para evitar la entrada de calor o porque no se usa regularmente, este vapor de agua no puede salir al exterior, y la humedad absoluta se incrementa notablemente.
Por las noches, la temperatura suele bajar y, al enfriarse superficies como paredes y ventanas, se produce el fenómeno de la condensación. El vapor de agua del ambiente se transforma en pequeñas gotas, especialmente en esquinas, detrás de muebles y en áreas mal ventiladas. Este efecto es aún más intenso en viviendas con paredes exteriores orientadas al norte o en contacto con zonas sombrías que permanecen frías por más tiempo.
Moho, malos olores y sus riesgos
La acumulación de humedad en espacios cerrados y poco ventilados es el caldo de cultivo ideal para el desarrollo del moho. Este hongo necesita básicamente tres factores para proliferar: humedad constante, temperatura adecuada y materiales orgánicos o porosos donde fijarse, como muebles, textiles o revestimientos de yeso. El verano suele brindar las tres condiciones de manera frecuente.
El moho no solo mancha superficies y deteriora los objetos; sus esporas quedan suspendidas en el aire y afectan la salud respiratoria. Pueden provocar desde congestión nasal y fatiga hasta reacciones alérgicas severas y dolores de cabeza, especialmente en personas vulnerables, niños y ancianos. Además, la presencia constante de humedad favorece la aparición de ácaros y otros microorganismos, que sumados a los hongos, hacen del ambiente un espacio insalubre.
Uno de los principales signos de alarma es el característico olor a cerrado o a humedad. Este aroma suele impregnar textiles, armarios, estancias poco ventiladas y sótanos, siendo también indicador de colonias invisibles de moho en crecimiento detrás de muebles o dentro de paredes.
Por qué cerrar toda la casa es el error fundamental
El instinto de proteger la casa de verano cerrándolo todo herméticamente resulta en realidad contraproducente. Al impedir la circulación de aire, se encierra todo el vapor de agua generado dentro del inmueble, ya sea por la transpiración de los materiales, el lavado ocasional de ropa, o incluso el simple paso de visitantes. Cada actividad cotidiana introduce agua al ambiente: duchas, cocinar, secar ropa o simplemente la respiración de los ocupantes aportan varios litros de agua diarios.
En zonas de clima húmedo o cercanas al mar, este problema se agrava. Las viviendas cerradas durante días o semanas no solo enfrentan el riesgo de condensación, sino también del ascenso de humedad desde el subsuelo (capilaridad) o filtraciones laterales, multiplicando los puntos de riesgo. Si además los muebles o las paredes están hechos de materiales porosos (madera, yeso, textiles), absorben rápidamente ese exceso, convirtiéndose en reservorios para esporas y microorganismos.
Un error habitual es pensar que abrir la casa de forma esporádica, antes de cada visita, será suficiente para eliminar la acumulación. Sin embargo, el proceso de formación de moho puede iniciar a las pocas horas en condiciones óptimas, haciendo que cuando regresas, los problemas ya estén en marcha.
Cómo prevenir y combatir la humedad, el moho y los olores
La clave para evitar este pernicioso ciclo es romper el hermetismo y favorecer la renovación permanente del aire. Algunas recomendaciones prácticas son:
- Abrir ventanas y puertas, aunque sea de forma parcial, para permitir una mínima corriente de aire cruzado mientras la casa no se habite.
- Si la seguridad lo permite, instalar rejillas de ventilación o abrir pequeñas aberturas en lugares estratégicos para evitar el estancamiento del aire.
- Utilizar deshumidificadores portátiles en las áreas más críticas, vaciando sus depósitos antes de cerrar la casa.
- No dejar ropa húmeda, toallas mojadas ni cubos de agua en el interior al marcharse.
- Colocar productos absorbentes de humedad en armarios, cajones y rincones propensos, como los elaborados con sales hidratantes o sílice.
- Evitar sobrecargar muebles contra las paredes para facilitar la circulación del aire detrás de ellos.
- Pintar paredes y techos con productos antimoho en las zonas húmedas, reforzando así la resistencia a la formación de esporas.
- Solicitar revisiones periódicas de fontanería, tejados y bajantes para anticipar fugas o filtraciones.
En caso de detectar manchas negras de moho o persistencia de olores a humedad, es imprescindible actuar de inmediato, ventilando ampliamente, limpiando con soluciones antifúngicas y, en los casos graves, retirando los materiales afectados para impedir la propagación.
La prevención y el control continuo de la humedad no solo mantienen intacto el valor del inmueble, sino que también resguardan la salud de quienes la disfrutan. Evitar el hermetismo prolongado y mantener algún nivel de ventilación, aunque sea mínima, es la mejor estrategia para impedir que la casa de verano termine siendo un foco de problemas de salud y deterioro estructural. Así, se puede disfrutar plenamente del descanso estival sin la molestia de los malos olores ni el riesgo de enfermedades derivadas por el moho y la humedad.